Lo que me deja el carnaval mercedino, tras conversar con arlequines y colombinas.




Por Octavio Fiorelli

Desde la distancia, los hechos se despojan de la carga de dramatismo que la proximidad y la inmediatez de haber estado “in situ” muchas veces nos arrojan. 

Ese sábado de carnaval mercedino, en el que ocurrió “la tragedia”, no estaba en la ciudad y esa circunstancia fortuita de vacacionar lejos hizo que toda la vorágine de opiniones, versiones entrecruzadas y teorías conspirativas construidas llegaron con cierto “delay” - como un rebote, un eco lejano y gastado, repetitivo -.

La noticia, o el eco de la misma, reverberaba a través de las redes sociales: los comentarios descarnados, las opiniones entremezcladas con el mismo estigma que muchos colocan a los carnavales  populares.


En el escenario multitudinario de las expresiones carnestolendas, la tragedia se mostraba con su disfraz de lo inoportuno. La muerte se hizo carne en la calzada de la avenida que pasa a escasos metros de la iglesia catedral. 

Rodeado de curiosos, espectadores y mascaritas, la oportunidad de criticar la naturaleza festiva de los corsos locales señalaba con el índice el oprobio del hecho consumado sin la seguridad y la falta de control como corolarios de algo tán fortuito como el destino mismo.


Al volver a la ciudad el “aire” estaba impregnado de cierta sensación de pesimismo y abatimiento sobre la continuidad de los corsos mercedinos, una de las fiestas populares locales más concurridas y populares de la cultura local.

La madeja de sinsentido en versiones delirantes sobre el asesinato en plena luz de las guirnaldas parecía intentar ocultar el sentido común de un hecho delictivo que la justicia no tuvo mucho que investigar: el occiso, el arma homicida, el asesino y cientos de testigos establan claramente identificados.


Más allá del suceso policial, parecía, en esos primeros días post carnavales, que el golpe de gracia estaba consumado sobre los carnavales mercedinos.

La culpa se derramaba como agua de lluvia sobre el gobierno local, la seguridad policial, los usos y costumbres y la tradición de los corsos populares.

Todo, desarrollado en un contexto epocal donde la alegría pareciera no tener cabida frente a la falta de trabajo, la miseria económica y la angustia contenida de no saber hasta cuando las cosas seguirán empeorando.


A lo largo de siete programas de radio, tuve la oportunidad de dialogar con varios integrantes de las agrupaciones que integran las comparsas, murgas y conjuntos sueltos de los carnavales mercedinos. Y luego de haber escuchado la catarata de impresiones adversas al espíritu de los corsos locales, quiero decir que en esas entrevistas pude vislumbrar ese rasgo particular y pueblerino que tienen nuestros carnavales.

Pude encontrarme con una riqueza en la diversidad de propuestas que las comparsas y murgas aportan a los carnavales mercedinos. Las expresiones que ahondan en los carnavales norteños, del altiplano; la referencia a las murgas porteñas y del Río de La Plata; el respeto y cuidado por representar localmente la cultura del candombe uruguayo o el reflejo espejado de las escolas do samba de Río en las plumas y el baile de algunas comparsas.

Esa misma riqueza que impregna una tradición local, popular, de décadas sobre la avenida 29 y que parte del corso a contramano de los 80, pasando por las carrozas de Mariela o el indio lanzallamas. Los carruajes alegóricos y los carromatos cuasi destartalados con escenografías de cañas y mascaritas travestidas. 


¿De qué violencia me hablan los “puritanos” de la libertaria represión cuando siempre y en todos los carnavales hubo hechos de violencia? ¿Se olvidan de las mascaritas que perseguían a transeúntes con ruda macho o cachiporras y medias con pilas en su interior? O esas mismas corridas nocturnas, con tarros de espuma o globos de agua congelada en varias esquinas de la avenida. Batallas campales en los bailes populares por los distintos barrios de la ciudad. Borracheras y peleas, algunas mano a mano y otras en patota, luego de las pasadas carnestolendas.


Algo habrá que hacer luego de esta tragedia que enlutó los ánimos de muchos vecinos, de los participantes de las comparsas y las murgas. Pero seguro, eso que se haga, necesita de la participación y la voz de todos los que hacen y construyen la esencia mágica de los carnavales mercedinos. Apelando a esa riqueza cultural, expresiva y a ese espíritu de pertenencia y disfrute de los corsos locales.


Desde principios del mes de enero, todos los jueves de 21 a 23 hs, realicé el programa “Arlequín y Colombina: la hora de un cuento oriental” por FM La Tribuna, 103.5 Mhz. Fueron siete programas, siete entrevistas con actores principales de los carnavales locales, donde se habló del trabajo, la pasión, la entrega, el amor a la pertenencia y el disfrute de ser parte de los corsos locales.

Ahí se manifestaron las ganas, el interés genuino, el compromiso y el esfuerzo por brindarse y darlo todo en cuatro noches, que son inolvidables para cada murguista, para cada integrante de las comparsas.

Por el programa pasaron: “Que me lleve el carnaval”; “Las sonrisas del obrero”; “Murga De La Ribera”; “Centro Murga Ilusión Murguera”; “Cumbará Candombe”; “Somos lo que Somos” y “Escuela Mercedina de Carnaval”.


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