Correr, trotar, caminar

 Correr, trotar, caminar

Octavio Fiorelli



¡Algo se percibe en el aire de esta época! Una sensación casi imperceptible de que muchas cosas están comenzando a caducar -por no decir cambiar que ya es una palabra tan trillada como revolución-. ¡Claro! Porque lo que pienso y siento, que está sucediendo, es que muchas cosas están en un proceso contradictorio. Vivimos en un presente con varias capas interpretativas, con varias miradas divergentes sobre los mismos hechos. No hay una explicación certera que sea hegemónica: ya ni la religión, ni la política, ni la ideología, ni la economía, pueden explicar ciertamente lo que nos está sucediendo, lo que nos pasa como sociedad, sin caer muchas veces en contradicciones.



Vivimos en un tiempo donde la velocidad, la premura de conseguir las cosas, de adquirir, de comprar, se licua en un instante. La respuesta al deseo se ejecuta en el mismo momento en que se dice lo que se quiere. Estamos un paso más allá del “no sé lo que quiero, pero lo quiero ¡ya!” que cantaba Luca Prodan en los 80.

Frente a esta instantaneidad de los tiempos, donde las diferencias entre el momento 1 y el momento 2, se esfuman y evaporan en un mismo click. La certeza de lo que vendrá, tan digitada por un algoritmo, hace que la frase de Karl Marx se vea perimida, caduca, superada: “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Los nativos digitales, las generaciones de este siglo XXI, carecen de la experiencia del tiempo como espera y como incógnita. Dado que lo que la IA y la tecnología digital les ofrecen como entorno es un presente continuo, pre moldeado a imagen y semejanza de las expectativas, creencias y saberes de cada individuo conectado a la Matrix.


Correr

Hacia finales del siglo pasado, la premisa económica que señalaba un norte para los modelos “exitosos” de vida, era la que sostenía que “el tiempo es oro”.  Así muchas personas aspiraban a maximizar las horas, los minutos, cual variable financiera que debía rendir positivamente, buscando obtener un saldo favorable para reinvertirlo y proseguir en una rueda “virtuosa” hacia el futuro o infinito -perdiendo por otra parte toda referencialidad temporal dado que ese futuro no tiene fecha cierta porque se diluyen las nociones de límite-.

La búsqueda de ganancias es el objetivo final que justifica los medios, tensando los conceptos como ética y moral, justicia y bienestar. Poniendo en tensión la razón misma de la vida en comunidad -que es la idea de solidaridad-: motivando y exaltando al individuo a través de lógicas como el emprendedorismo, o el cuentapropismo -que emerge de la idea del “do yourself”, “hazlo tu mismo” y que se retroalimenta en las redes y plataformas a través de los tutoriales que van reemplazando, lentamente, la experiencia del oficio y la transmisión del saber entre “maestro” y “aprendiz” -.

Algo mutó entre aquellos años 90 y este presente, aunque muchos hechos y políticas económicas parecieran repetirse bajo el marco teórico e ideológico del neoliberalismo. Quizá las líneas políticas de ajuste; la búsqueda de eliminar la inflación con políticas económicas de apertura comercial en detrimento de la industria nacional; la recesión y la entrega de la soberanía -las relaciones “carnales” con los EEUU- se reeditan, pero en un contexto social y un momento cultural que son el resabio de aquellos años.

Si algo perdura, es la memoria de los hechos: hechos históricos trascendentes que marcaron a la sociedad y a sus individuos. Lamentablemente, las huellas que dejan los sucesos y los hechos históricos, no poseen la fuerza propia de imponerse per sé. Por otro lado, las sociedades y los individuos son cambiantes, dinámicos, fundamentalmente, porque los sujetos históricos son finitos. -Aquí aparece en juego la noción esencial de la muerte, la que pone de manifiesto la cuestión del tiempo y la finitud de los cuerpos -.


Trotar

Frente a esta vorágine de sensaciones, hechos, interpretaciones, pensamientos y emociones, muchas veces lo mejor es seguir el saber popular y hacerse propio algunas frases del acervo cultural: “hay que desensillar y esperar a que la tormenta pase, o que aclaren las cosas”. 

Proponer la metáfora de desensillar el caballo habla de soltar las riendas, parar la marcha y bajarse de las alturas de la montura. Estamos, frente a la velocidad del pensamiento. Pero … ¿quién piensa hoy en día???

Habituados, disciplinados a recibir las cosas, las ideas, los argumentos, ya masticados, procesados, la razón de pensar deja de tener cultores, hacedores de elucubraciones que se esfuman en la niebla de la sobre información, los algoritmos y la IA (inteligencia artificial).

Pensar es como ejercitar: hay una práctica cotidiana que debe ser alimentada, nutrida. La sospecha, la duda, ya no  ejercen la motivación ni la movilización a buscar otras respuestas, otras ideas. La realidad está dada, reproducida al infinito y cada individuo va camino a encerrarse en su autopercepción de lo que es la vida, sin siquiera sentir la molestia de que tanta perfección es algo para inquietante. 

Pareciera que no hay otro. La otredad se difumina en la artificialidad de las pantallas digitales. El otro es presentado, premoldeado, ya ni siquiera como una amenaza. El otro se desdibuja en la inmaterialidad de la imagen cuando todo contacto posible queda supeditado a la mediación de las máquinas y se van perdiendo, paulatinamente, los espacios de comunidad, de comunión, de relación entre pares.

Aquí el cuerpo, la piel, son envueltos por una fina capa de irrealidad. Pasamos de la materialidad sintética del plástico y el NYLON a la inmaterialidad de la luz, la imagen pixelada de alta resolución 8k, la realidad virtual. Ya ni siquiera es el imperio de la supremacía de la vista como sentido ultra excitado: el avance de la tecnología en esta era post digital logra emular y replicar a la perfección todos los sentidos, inclusive el táctil. Las funciones vitales del cerebro reptiliano pueden ser reemplazadas por cualquier artefacto biomédico y hasta los recuerdos, un nivel superior de la evolución humana, comienzan a ser duplicados y elaborados como programas que se ejecutan para “amenizar” un entorno cada vez más “apocalíptico”. Hay sobrada filmografía de ciencia ficción y distopías que abordan la temática. Y si ya se está proyectando de manera imaginaria un futuro con humanoides con características humanas, el reemplazo y un cambio epocal ya están a la vuelta de la esquina.


Caminar

“Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito” escribe William Blake en uno de sus poemas que luego Aldous Huxley retomará para pensar en otra realidad cuya llave de acceso puede encontrarse en las drogas alucinógenas. 

El acto de caminar implica la posibilidad de trasladar el cuerpo, paso a paso, desplazando en el espacio la materialidad que nos constituye como seres vivos. Es una acción física-mecánica que puede hacerse sin conciencia pero que involucra, per sé, la posibilidad cierta del tropiezo, la caída, el derrumbamiento y la falta de equilibrio.

Nadie piensa en caminar: solo se necesita la intención y/o voluntad de desplazarse y trasladarse de un punto de quietud hacia otro punto, atravesando un espacio-tiempo que involucra infinidad de condiciones y factores previos y simultáneos. Aquí se puede pensar en la idea de libertad como posibilidad de transitar; la idea de voluntad como energía motriz y el deseo como impulso psíquico y emocional que inciden en una mera acción corporal: caminar.

Caminar también implica la necesaria existencia de un espacio, una extensión, algo más allá de los límites del cuerpo. Y es en esta relación corporal espacial donde uno vislumbra la preeminencia de un ser. Pero aquí nos empezamos a introducir en un campo tan intenso como el de la filosofía y la ontología que sería mejor hacer un alto en la deriva del pensamiento.

Solo proponer una salida posible a esta sensación epocal que nos atraviesa a todos como sujetos: hay que salir a caminar para empezar a encontrar la reconexión con nuestra propia esencia. 

En un tiempo donde la multiplicidad de posibilidades quedan expuestas pero reducidas en un loop simbólico e imaginario, la salida hacia lo sensorial y vital está cifrada en la profundidad de la epidermis y la apertura de la percepción más allá de las pantallas.


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