I
Piensa en ella todo el tiempo. No hay
forma de sacársela de la cabeza. La forma, la madera. El universo de
posibilidades, sonidos, sensaciones generadas. El fogón y la gente. El canto y
la ropa. El show y el anhelo de ser Dios. Ahuyenta en ella los males del
hombre: el cansancio del día y el olor a pasto de los ricos - los ricos quieren
que huelas su pasto -. La toca hasta que la piel le empieza a hervir. Sacude la
cabeza sintiendo el fluir de las notas bajo su digitación. Una melodía sucia
proveniente de la tierra, del pasto de los ricos que se enquista, dentro del
odio que siente hacia ellos.
Transpirado se saca la remera. Escucha de
repente el chirrido de la ducha. La otra cosa que no se puede sacar de la
cabeza. Se cierra la canilla y hace un ruido que lo enloquece. Apoya el
instrumento contra la mesa. De la casucha todavía queda el hervor del
inclemente sol sobre la chapa y busca desesperado la tierra fresca del suelo.
Se arrastra y de las perlas de sudor se le va formando el barro sobre el
cuerpo. Busca de la mochila el frasco y lo abre. Lo huele y agrega perfume, lo
agita. Coloca en la zapatilla dos cables: macho y hembra y prende, así, el
ventilador. El viento apunta a una pared sin revocar y del ladrillo, con un
destornillador, había confeccionado un hueco, un boquete por el que podría escapársele
su destino de joven. Y del otro lado, el morocho pelo de Naty. Igual que la
noche afuera con sus hombros blancos sobre pecas negras y el hilo de agua que se
escurre del pelo mojado le recorre por los surcos imperfectos de su espalda
como lenguas que potencian el hambre.
Le llega a Naty por asalto genético
el perfume de Thiago y respira. Se llena del aroma que necesita y no sospecha.
Alcanza a ver, como una pista del testigo, el ojo brillante que titila del otro
lado. Baila, sencilla, mientras la tela áspera de la toalla absorbe lo húmedo
que le queda de su fresco cuerpo. El viento penetra hasta su pieza y le roza la
brisa que tensa la piel de morocha blanca y tirita. Picaflor de maceta.
Mientras sube de espaldas al boquete la bombacha. El ojo titila un par de veces
más hasta cerrarse y desaparecer.
La gota recorre la frente, por los surcos imperfectos
que forman la expresión. Se desprende y moja, irritando el ojo mientras Vero lo
rasca. Rojo el ojo, ahora, nubla la vista y a lo lejos, enfoca como puede la
imagen del jardinero que se escurre también el sudor de la frente con el brazo.
Cae la gota traslúcida de su brazo, estrellándose
contra el pasto. Vero tiene sesenta años y siente en la piel que sus años
mejores pasaron. Mira la piel tersa y joven del jardinero con un anhelo viejo,
una sed diferente, calcula que puede, si quiere, obtenerlo como un premio
inesperado.
El pitido del lavarropas la vuelve a
meter adentro de la casa. Hasta recién estuvo acomodando unos brotes de rosas y
lavandas, y agapantus, y le pregunta sugerente al jardinero joven Thiago: si
conviene o no conviene colarlas ahí, o allá, y tras los “no sé, señora” que le
responde, se le van clavando como aguijones la sentencia de los años.
La ropa se seca mientras escoge de
entre el montón la roja tanga de encaje. Busca el broche primero y luego el
lugar perfecto en la soga, para que por la ventana el jardinero joven y moreno
de abdomen de piedra, logre atravesar encandilado por el rojo de la tanga, una
mirada furtiva y premeditada. El ruido de la desmalezadora la aleja al fin del
sueño. Cuelga el resto de la ropa que por el calor ya está seca y se mete de
lleno en la planificación de sus charlas para las conferencias en la
universidad, pero antes de irse, busca la figura morena del joven, resopla
acalorada una vez más gracias a la tensión del músculo que acciona la máquina y
se relame, despacio, el despojo de sudor que se acumula en los labios.
El joven estira la tanza. Se agacha y un
hilo; más bien un chorro de transpiración se desprende por entre el pelo
ondulado. Apura el paso hasta beber del poco fresco que habita en la sombra.
Busca de entre sus cosas un frasco de café vacío y recolecta, concentrado en la
tarea, el sudor que absorbió el algodón de la remera y escurre, dentro del
frasco, el líquido y vuelve al sol, a la tanza, a la máquina. Morena la piel,
tersa, expele el aroma bestial de joven que arde en el aire que respira ahora Vero
desde su estudio. La idea clavada en imágenes que tiene en la retina logra revivirlo
de manera virtual y fantástica bajo el imperio del deseo. Ahuyenta con
dificultad su pulsión ardiente de mujer. Vuelve a bajar la pollera para
continuar la confección de los discursos que habían quedado suspendidos. Baja
la pierna del escritorio, recupera el aliento, suspira bajando el ritmo
cardíaco. Le queda la sensación urgente en la boca y chupa los restos suyos que
le quedan en los dedos eléctricos de la mano.
II
Beto es un malandra. Le va bien.
Hace dos años que gestiona la venta de droga y cosas robadas en las ocho
esquinas más peligrosas de la ciudad. Presta y cobra guita y casi siempre huele
el momento justo para escaparse o quedarse a bancar la parada. Ama lo que hace
y convive todo el tiempo con las consecuencias. Exige a los suyos tanto como a
sí mismo. Se cuida, Beto; en las formas, como si hubiera adquirido, gracias a
las películas, un gesto sofisticado para con la profesión de criminal. Hay que
nutrir y amar lo que haces como con cualquier otra cosa, dice para los suyos,
enseña, muestra. Enaltecer al pillo, ¿eh, Thiagui, qué me decí?
La plata, a la larga, trae la peor versión
del otro le quiere decir pero se calla.
Beto le dio una guita importante hace un
tiempo. Alguna vez, cuando iban al colegio, le perdonó la deuda pero ahora, la
cosa es diferente. Por una cuota que Thiago dejó de pagar, el interés ahora se
lo come; tanto a él como a su voluntad. Ahora Thiago le vende cosas en las
esquinas que él gestiona y lo presiona; Beto, para que labure y no lo terminen
de ahorcar los porcentajes. Y no se muere, piensa Thiago.
Puede sentir el frío de la hoja del
cuchillo sobre el cuello porque sabe, conoce su reputación; de eso se trata
todo este juego: de la reputación, ella lo anticipa todo. Te corta la yugular y
te morís ahí desangrado, dice la voz popular. Para intentar evitarlo le vende la guitarra y así, bajar los
montos. Te asfixia, piensa, la presión metafísica es tan profunda como la que
provoca el maldito mes de enero y su verano.
Ya ni el pasto que corta, ni lo que roba le alcanza para pagarle a Beto
que lo apretuja con la mirada. Siempre con la misma cara, para que se entere, para
que todos sepan que en ese barrio, en ese agujero, de vez en cuando, la muerte lleva
su cara.
Pero Thiago no es un capitalista, él es un
romántico; confía ciegamente en su destino y sabe que no es terminar en la
zanja sucia del baldío a la vuelta de su casa donde siempre ranchea Beto y su
barra. El lugar donde se gesta su reputación, su mitología. Claro que no, se
remarca todos los días frente al espejo, este no es mi destino, se dice, es
otro, aunque no sabe cuál, pero sabe que es otro y Beto, ahora, le da el
ultimátum señalándole el reloj de la muñeca, dando la hora universal del
verdugo; mañana, le dice, a esta hora, el interés te corre, amigo.
Camina distraído, nervioso, con miedo en
la sangre y la cruza a Naty. Ojos y sonrisa de felino. Se queda con ella, se
aplasta contra el borde de la plaza. Cintura blanca que deja ver el top negro,
parece el susurro de un ángel. Tengo un quilombito, le dice, con vergüenza. Le
pide prestada plata, cuánta, alcanza a preguntarle Naty y Thiago tiembla de
miedo y se arrepiente. La mira y duda. Son de miel el color de sus ojos. Le
extiende su brazo largo y fibroso, mirá, olé, le dice tratando de pensar en
otra cosa, de pensar en ella para olvidar por un momento. Naty acerca su nariz
respingada sosteniéndose el pelo largo y negro atrás de las orejas y huele. Me
encanta, le dice ¿Qué es? Perfume. Ya sé tarado, pero cuál. Ah, no sé ni idea.
Te lo vendo, doscientos mil pesos. No tengo esa plata, es mucho. Sí, me
imaginé. La llaman para que entre a la
casa. Su padre siempre le está atrás. No quiere que le destruyan el futuro a su
nena. Una vez que se levantan y se saludan el hombre se le queda mirando. Thiago
le sostiene la mirada hasta que Naty le pasa al lado y lo abraza para que se
relaje y luego, se mete en la casucha. Corre la cortina y recién ahí, el hombre
afloja los hombros. Thiago lo saluda irónico, le muestra los dientes.
Ahora sin norte ni deseo alguno
Thiago camina. Busca piedritas para patear. Camina en línea recta, no sabe bien
dónde termina esta calle y sigue. Levanta la vista y nota que está en la zona
industrial. El aire quema a químicos. Tiene que taparse la boca, la nariz.
Descubre que no tiene ideas en la cabeza. Esa noche será complicada y pronto,
el olor y el barullo quedó atrás. Las luces de un avión titilan en lo alto, se
percata del tamaño de la luna, dos estrellas y el fresco. Al fin fresco,
piensa. La calle sigue. Ahora es de tierra. Reconoce unas torres a su derecha,
y las fábricas atrás de él. Y el violáceo horizonte. Adelante ya no reconoce
nada, hay algunas casitas perdidas entre los yuyos. Casas zanjas y gallinas. Y
un olor que sí sabe distinguir mejor, el olor a pasto. Entonces, ahí mismo, un
par de palabras se le desenrollan en la cabeza y empiezan a construir una idea.
III
Beto lo recibe en un living. Amplio y
cómodo. Otros tres están sentados con el celular, mirando la tele o jugando a
los jueguitos. Beto habla por teléfono caminando por la cocina un poco más
atrás, se escuchan frases cortas, directivas. Alguien entra: uno de tantos
secuaces. Thiago piensa que no puede durar mucho más, confía en las
estadísticas y Beto es el más joven de lo pesadito del barrio y sabe, alguien
lo dijo, que estos tipos no duran más de un año, año y medio y Beto lleva dos años
ya. Dos años, piensa y ahí está, se lo ve loco pero bien, como que podría
llegar a ser el más longevo de los chorritos de la historia del barrio y
cambiar, así, la estadística. Uno de los tres, el que miraba el celular se le
acercan al oído, le dicen algo y Beto cambia la cara, calcula algo, le responde
al que le susurró que vuelve a la misma posición que antes y continúa con la
llamada telefónica. Uno más entra, otro, al ratito y Beto lo manda a volar, el
mocoso de quince años insiste en que es importante y le susurra ¿Ahora? Y el
nene hace que sí con la cabeza. Corta la llamada y se acerca al living. Resopla
mientras se sienta: tiene veintiún años Beto y parece de sesenta - esta vida
Thiago, es terrible. No va a durar, lo van a matar, tengo que ganar tiempo
piensa Thiago y le sonríe y le responde, decímelo a mí. Beto se ríe, se atora
con la cerveza que tenía en la mano ahora, que lo esperaba en la mesita ratona
del living y se ríe. Lo mira al pibe de quince y le avisa que él es Thiago,
míralo bien a Thiago, es un buen tipo, le dice y el de quince lo mira a Thiago
y Thiago, le devuelve la mirada y no encuentra, bajo ningún aspecto, signos de
vida en ese rostro. El pibe saluda y se va. A lo nuestro. No tengo la plata.
Tenés la cara de alguien que no tiene la plata. Hace un gesto y Thiago no
alcanza a decir nada que ya le partieron un palo por la cabeza, patadas, piñas,
insultos, un minuto, dos, tres hasta que paran. Sabés cómo es Thiago. Mira a
uno de los otros tres y acciona un arma, desde la corredera, para amedrentar
obvio, sabe, Beto, que no le conviene matar. Matar sale caro, debilita su
imperio. Thiago se recompone, limpia su sangre, aprovecha, y le escupe el
suelo. Busca, dentro de su boca, el lugar de los dientes y con asombro,
comprueba, que no le falta ninguno. Uno de los otros chacales le alcanza hielo.
Gracias, dice Thiago. Se sientan alrededor de él. Levantate, le dice uno y le
da un cachetazo por detrás que lo espabila y se pone derecho. Decías que tenías
una idea, le dice Beto a Thiago que lo espera; espera la idea.
Señora, está muy linda hoy, le dice a Vero
y ella recula un momento. Pestañea dos veces seguidas asombrada y mira al morocho que le
sonríe como nunca. ¿Qué te pasó en la cara? Le pregunta y se acerca, come distancia,
siente, cerca de ella, lo terso de la piel del joven que se deja tocar. Nada,
unos quilombitos que tengo. Epa, epa, y apoya, despacio, los labios, sobre lo
hinchado. No se preocupe, responde Thiago correcto. Tuteame, le dice Vero, y
absorbe la sangre del ojo. Toca la nariz hinchada y recorre los moretones del brazo
que ahora posee. Sigue por el hombro, luego el pectoral y el abdomen y busca
como instinto materno olvidado la herida de su sabrosa presa. Lo gira, de
espalda le pregunta si le duele y él exagera, simula un quejido. Sí, ahí, mucho.
Ya veo, ronronea y piensa en hielo. Hace calor acá, vení un segundo adentro, le
dice y lo arrastra de la mano. Siente el paso suave, de peso pluma de Thiago.
Vení por acá. Lo guía con su voz hasta la cocina donde tiene el hielo. Yo puedo
ayudarte, sugiere. ¿Es plata? Vero conoce el barrio. Conoce a la gente. En
realidad no la conoce pero puede intuir cosas. Thiago le dice que sí, que debe
una plata complicada. ¿Cuánto? esta noche tengo que pagar cuatrocientos ochenta
mil. La mujer piensa. El corazón se acelera. Un ritmo pausado, todavía, pero
pronunciado. La sangre le llega a todo el cuerpo en segundos, lo siente todo.
Lo que ve, lo que piensa, lo que huele, lo que sueña. La barrera de lo moral se
rompe y triunfa el poder del dinero. Thiago solo atina a mirar a la señora. Un
poco más baja que él, pelo limpio, piel suave, algunas arrugas y pecas,
colgajos discretos, imperceptibles, piernas fuertes, caderas anchas, puede adivinarla
siendo el doble que él. Durante unos veinte segundos piensa y sabe, que cada
segundo que permanezca sin decir nada será mejor y la idea de anoche, empieza a
hacerse grande, posee peso, se la puede tocar.
Pasaron dos meses. Un poco más de sesenta
días y la paciencia de Beto se acabó. Los moretones se evaporaron y la deuda
aún no; escala arriba del millón. Lo justo, piensa Thiago. Vero ya le había
dado la plata por el arreglo que tuvieron. Ahora no corta más el pasto, atiende
a la dueña de casa por plata. Buena plata y ahorra. Mira a Beto desde la
ventana del auto. Amasa, gana tiempo, ya lo van a matar, piensa. Beto vive de
una promesa. Una promesa que ya es tiempo de cumplirla. Esa misma noche le hace
llegar un mensaje y un sobre pesado. “La
señora no va a estar en la casa durante quince días. Le deja un número de seis
cifras”, y las llaves de la casa son lo pesado del sobre. La plata está en
tal habitación, y no esa, abajo en tal mueble hay algo de joyas. Espero no
verte nunca más, eso no lo escribió, lo pensaba mientras escribía.
Pasaron cinco días increíbles juntos. No
existen sospechas de nada. El calor al fin se había ido a otra estación. Frente
a ellos la cordillera y más allá, ¿Qué hay más allá? Le pregunta a Vero y ella se
ríe. Esos días solo se reía. No tiene más que tiempo para reír, comer, y
disfrutar de su premio. Ahora lo piensa mirando por la ventana. La poca luz del
día que queda se esconde atrás de las montañas. Sabe que alguna vez las cruzó
San Martín y que hacia allá hay otro país. ¿Cuánto habrá hasta el otro lado?
Vuelve a preguntar pero no hay respuesta. Algunas preguntas no hacen falta
respuesta y ahí concluye todo. En esa sensación. La luz atrás de lo que la
cubre. La fuga y una mujer en la cama, acostada, suave, blanca, que fuma, en
silencio, como él, tramando. Esa misma noche se decide entre sueños. Entre el
descanso y la vigilia no hubo procesos, fue una sola cosa, sueño primero y vigilia
después. Claridad. Había logrado ahorrar mucho dinero, al menos, más de lo que
alguna vez pudiese llegar a tener y como un gato, en silencio, abandonó la
habitación del hotel. Abandonó su nombre para siempre. Frente a los montes, de
pie, respirando cambió su nombre, en realidad borró el suyo anterior ¿A dónde
había que volver? ¿Quién quería ser? Y camina. ¿Hasta dónde llegará esta ruta? Camina
hasta bien entrada la tarde. Pudo haber hecho dedo. Ya había hecho dedo en
otras ocasiones pero esta vez quería caminar. Fue corriéndose de los caminos
pavimentados. Había entrado, despacio, en terrenos agrestes. Yendo al Norte, y
de a ratos, al Oeste. Se topa con un pueblito sin nombre. De hecho le preguntó
a una señora a la que le compró un vino y fiambre cómo se llama el pueblo y no
supo qué responderle.
Como yo, dijo al viento.

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